Receptáculo de Fuego

                                         

Ascuas letales, llamaradas de odio. Eres aquella fogata que me abrazó y me cuidó del frío, pero cuando bajé la guardia, quemaste lo mejor de mí, extinguiste hasta mis cenizas, tus manos son brasas para mi cuerpo, por más acogedora que fueras eres mi muerte, eras la lumbre que me guiaba en la penumbras y cuando por fin encontré el camino te apagabas cual vela en la tempestad de una tormenta.

La paradójica vida hará que tu fulgor de oculta asesina arda en la hoguera, cuna de tu natalicio, eres ágata de fuego, maniobra peligrosa, creía controlarte, terminé calcinado contra tu esencia. 
Tus besos era una ignición instantánea, me desintegraban, que adición más dañina. Cuantas heridas me hiciste mujer y ni si quiera sangran.
Terminé quemando mi alma por tu lujuria caprichosa, vaya que placer más candente, por más que haya sido tortuoso, desearía volver a sentirla, porque todo ese calor era sólo para mí. Al menos eso pensé, pero veo que arrastras una larga lista de candidatos al ritual ígneo.
!Disfruta!, !Disfruta!, te aconsejo que lo hagas pequeña porque no hay invierno que no apague el fuego.
¿Y yo? pues, no soporto mi realidad. Me apesta tal cual es. Por ende, necesito la luna, o la felicidad, o ser Morrison, o la inmortalidad, algo que, por lunático que parezca, no sea de este mundo. 

Comentarios