Efímera Compañía

                                 

Rutina, rutina  y más rutina, ya el levantarse en la mañana me parece un castigo, soñar millares de aventuras inconclusas y romances pobres de novelas baratas y de un golpe, el estruendo de la alarma me arrebata de ese tan añorado mundo onírico. Música de ambiente, suenan los Smiths, adoc para levantarse con un temple de ánimo decadente.
Caminar hasta el paradero de la micro B10, sentarme en el gélido asiento de acero del paradero, esperar, esperar y esperar. Las mismas viejas con cara de perro, el señor de traje que en una de mis aventuras imaginativas soñé que era un lustrador de zapatos honrado pero en las tardes le ponía empeño en las micros carteriando, los pendejos de siempre llorando por algún motivo que escapa de mi entendimiento y así dos años secuenciales divisando el mismo panorama en ese paradero.
El pequeño consuelo que me hacía levantar la cabeza de la almohada cada mañana es ver a alguien ahí, no sé, cualquier tipo que rompa con el esquema repetitivo de mi día a día. Ya saben… la gente después de detectar la rutina acaba siendo asimilada por ésta y termina en una suerte de limbo existencial y acaba siendo un robot y una historia que acaba.
El café de ésta mañana estuvo más amargo que otras veces, debe ser que me marchito, ¡maldito paradero!, he ahí mi mundo de matiné, me siento, observo, creo historias de ellos, eso me hace escapar y ser diferente de ellos, yo sueño. Siempre se demora la micro, por eso me da tiempo de alucinar con encontrar mi alma gemela, mi media naranja, mi compañera hasta anciano, una sarta de clichés cursis, pero no es menos cierto que todos lo desean.
Pues al otro día es la misma basura pero al llegar al paradero estaba vacío, pensé que había muerto y que nadie podía verme, ¡qué imbécil!, me siento como de costumbre y no me percato que a mi costado hay una niña, no muy alta, rubia, diría más bien color miel, finita como ella sola, se da la vuelta y me mira, claro me cohíbo y doy vuelta la cara para no parecer un psicópata, su voz no era dulce más bien normal, bastante común.
..."Oye, ¿Pasó la B10?"..., no respondí enseguida, discerní con la cabeza, ella tarareaba una canción bastante familiar, su mirada se perdía en el cielo, aún no podía verla a los ojos, me puse los audífonos y me hundí en una melodía de mi playlist melancólico, ella me hace un gesto con la mano, era la micro, ahí vi sus ojos, comparables con la luna, dicen que cuando encuentras a "esa persona" se detiene el tiempo y cosas así. Mentira, lo único que conseguí fue perder la micro y ella también al tratar de avisarme. Era raro pensaba que todos estaban coludidos, todos esos personajes pintorescos del paradero estaban conspirando en mi contra con un plan tan delicado y una estratagema infalible, me hicieron conocer a esa rubia ojos de luna, por cierto así la apodé.
Volvió a pasar la micro, imprudente como siempre, me adelanté a ella y subí rápido, me gusta sentarme en los asientos más altos donde la ventana te llega justo a la cara eso sí es vida, ella apareció esporádicamente sentada al lado mío, me va a matar, está loca, debe ser una resentida social y se desquitará conmigo. Nota personal: creo que debo ir al psiquiatra. Pues ella me ignoró todo el camino, casi yo era parte del paisaje de la micro, podía confundirme con el asiento si quería, la odiaba. Cada mañana era lo mismo, verla tararear canciones familiares, sentarnos juntos, no cruzar miradas, típico que le gusto, como es tan obvia, creo que me enamoré. Sus risas a regañadientes, cuando se toma el pelo para leer uno que otro libro que desconozco, hasta la manera de ponerse los audífonos. La amo.
La constante exposición a ella debió enamorarme, debe tener explicación esta sensación de querer vomitar, le hablaré, no, mejor no. Pasaron días, semanas, meses, no sabía nada de ella, era una total desconocida para mí, que loca manera de amar su idealización de alma gemela, soñaba supuestos casos de que me atrevía a hablarle y ese chispazo entre nosotros era espectacular, le contaba toda mi vida y ella también, se llamaba de muchas formas, pero siempre me inclinaba por ponerle Luna debido a sus ojos, recorrimos muchos lugares para pasar el rato, compartimos momentos épicos, que bonito es soñar, lo único que va quedando gratis. Es raro que cuando amas a una extraña no la imaginas desnuda, sí, estoy loco.
Ésta vez si le hablaré, lo mismo, ella llegó, esa mirada que teníamos de cómplices que nos decíamos todo pero a la vez nada, la dejé pasar primero cuando paró la micro, debía ser caballero, ella se sentó y enseguida yo a su lado. Sonreía más de costumbre, debe estar enamorada, como fui tan tonto, él debe ser genial, ella se merece un tipo así, ¡pamplinas!, debe ser un vago cabrón, típico estereotipo de chico malo que le gustan a las mujeres. Sacó un papel y bajó como de costumbre en Dorsal con Independencia, en su asiento dejó un papel, casi una ficha personal, todos sus datos, Yennifer Cavieres, me gustaba más Luna, sus gustos musicales, le gustaba los Smiths (he ahí la familiaridad de su tarareo), color favorito, comida favorita y un sin fin de intimidades. Y al final decía..."extraño psicópata, me gustas, pero háblame, yo no lo haré"... terminaba la leyenda con un corazón chueco.
No quise ser menos y enaltecido al ser correspondido, simplemente digamos que caí en el amor, confeccioné mi ficha, la esperé en el paradero, no llegó, quizás no quiso ir al colegio, otra vez no llegó, quizás enfermó. Semanas, debe estar demasiado enferma. Meses, me odia, que mujer más desgraciada, como la detesto, debe estar con otro, le di mi vida a esa tal Yennifer y me paga botando mi amor al basurero. No la volví a ver, quizás se cambió de casa es normal acá en Conchalí, ¿por qué la excuso?, es una cobarde debería haberme dicho que esto era una broma de mal gusto, olvidaré a esa arpía.

Jamás volví a saber de ella, como si hubiera desaparecido, después de un año, una no rutinaria mañana, decidí no tomar la micro ahí, caminé al otro paradero, una animita contaminaba mi mapa mental, pobre tipo/a, me acercó a leer de morboso. Caos emocional, al articular cada letra de ese nombre, caí en el trance de la muerte en vida. Yennifer Cavieres.

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